viernes, 16 de julio de 2010

La sublimación del sentimiento trágico en las Confesiones de Agustín



De: René Ramírez Flores.


Introducción

En las Confesiones (400) de Aurelio Agustín (354-430), a demás de ser un texto de excelsa belleza estética, encontramos toda una reflexión filosófica que intenta iluminar los problemas de la existencia humana. A través de su vida, Agustín intenta mostrar, a todo un campo de lectores, la actividad errante de la humanidad, como son: retorica, sexo, rizas, discusiones, pretensiones intelectuales, banquetes, rumbas, amor físico, costumbre, dolor, llanto, tristeza, etc.

Agustín, en el desarrollo de la obra, mostró como fue evolucionando su pensamiento y con ello su vida. En cada uno sus libros, desmembró todo la constitución de su persona, permitió ver a un hombre común que camina por las calles, aparentemente seguro de sí, con el éxito en la cara, virtuoso ente los demás, inteligente, conocedor del mundo, pero sólo del mundo efímero, mortal, que se muestra a simple y primera vista. No obstante, Agustín, intenta iluminar, en cada una de sus confesiones, un camino distinto para transitar en la vida. Aurelio, abre una puerta más para poder vivir en este mundo donde el tiempo nos desgasta, y nuestra persona se quebranta, y erra en mundos teóricos y conceptuales; pero sobre todo, de un mundo donde la existencia, a través de las emociones trágicas, se deja caer con todo su peso sobre nosotros. La tragedia humana, para nuestro autor, no es más que las emociones carnales de un alma miserable que nunca a amado al Amor, es el cuerpo fundido en costumbres terrenales; el dolor trágico es para los hombres que se creen inmortales, aquellos que no aceptan las condiciones de la finitud del cuerpo, pero ¿A través de qué procesos llego Agustín a tales consideraciones? ¿Cómo consideró el dolor trágico del hombre? ¿Sobre qué antepuso el dolor de los hombres? ¿Cómo sublimó el sentimiento trágico?

Las anteriores preguntas se responderán en el presente escrito. Para ello, en la primera parte del trabajo, utilizaremos la obra de Confesiones como base de nuestro escrito, junto a distintas obras de historia de la filosofía y algunos artículos que contribuyan a la elaboración de nuestras afirmaciones. Como segundo apartado del escrito se mostraran las controversias, acuerdos y distanciamientos, respecto a las consideraciones que Agustín tiene sobre dicho tema. Al final del escrito mostraremos, a modo de conclusión, una respuesta general de las anteriores preguntas así como de algunos comentarios que surjan a lo largo del desarrollo.

Para poder desarrollar el presente trabajo es recomendable mencionar que la tragedia en san Agustín es un tema que no se ha desarrollado, o al menos no hemos encontrado algún tema referencial a ello, por los analistas del autor. El interés del presente escrito es una iniciativa por una lectura personal que se intentará argumentar de manera filosófica.

La sublimación del sentimiento trágico en las Confesiones de Agustín

¡Oh locura, que no sabe amar

humanamente a los hombres!

¡Oh necio del hombre que sufre

inmoderadamente por las cosas humanas! [1]

Las Confesiones de san Agustín mostraron la perdida de vida de varias personas que estuvieron alrededor del autor durante su formación filosófica y teológica. Dichas personas fueron amigos o familiares de Agustín. Los sucesos ocurrieron en diferentes tiempos y con sus determinadas circunstancias. La obra está integrada por trece libros, cada uno con su respectiva tesis, que presentan los arrepentimientos de la efímera vida Agustiniana, pero existen dos libros de sumo interés para nosotros, cuarto y noveno. En éstos se presenta la muerte de algunos seres queridos.

Seis muertes aparecen a lo largo de toda la obra: Adeodato, hijo de Agustín; Nebridio y Veracundo, amigos de él; Patricio, padre del mismo; un amigo de él, en el libro cuarto, cuyo nombre no fue mencionado, y Mónica, madre de Agustín. La pérdida de vida de los cuatro primeros nombres mencionados fue de muy poca relevancia en el texto, pero la muerte del amigo que se mencionó en el cuarto libro fue de importante significado para Agustín. En este suceso, nuestro autor, mostró la primera consideración que tiene sobre el dolor trágico del humano que vive bajo los pensamientos cotidianos. No obstante, en el noveno libro, Aurelio mostró una, posible, segunda tragedia de su vida, pero con una visión, totalmente, distinta de la que tuvo en el cuarto libro. En este último caso encontramos la sublimación del dolor trágico que tuvo en su vida, pero ¿Cómo entendía Agustín el dolor trágico?

En un posible acercamiento, acorde a la obra de las Confesiones, encontramos una primera consideración, sobre el surgimiento del sentimiento trágico, a partir de la muerte de su primer amigo: “he aquí que tú le arrebataste de esta vida cuando apenas había gozado un año de su amistas, más dulce para mí que todas las dulzuras de aquella mi vida.”[2]Podemos mirara, en la anterior sita, la consideración de la compañía como placer del hombre; la compañía física de la persona es, en esta primera parte, atribuido al placer terrenal que desencadenó una angustia en la persona a partir del momento de su absoluta ausencia.

La muerte de su amigo fue marcado por la consideración amorosa que tenia Agustín hacia él, pues, el amor significaba para él un aprisionamiento del alma en otra persona, en este caso su amigo, y por tanto el alma de un hombre era incompleta y necesitaba de un otro para ser satisfecha en conjunto. Y así nos dice Agustín: “yo sentí que mi alma y la suya no eran más que una en dos cuerpos, y por eso me causaba horror la vida, porque no quería vivir a medias, y al mismo tiempo temía mucho morir, por que no muriese del todo aquel a quien había amado.”[3] La consideración de un alma incompleta engendraba un sentimiento terrible en Aurelio, pues, el vacio de su vida relucía con mayor intensidad. El miedo a la muerte o “angustia” aumentada cada vez que se manifestaba la idea de finitud en su vida, pues, si ya había muerto su amigo que era la mitad de su alma, al morir él se perdería totalmente el alma de ambas personas. No obstante esta consideración del alma fue en la primera parte de su pensamiento que posteriormente tomó un giro que más adelante mencionaremos.

A raíz de la muerte del amado amigo y la consideración del alma en dos personas encontramos, plenamente, el dolor de dicha tragedia que Agustín describió de la siguiente forma: “la patria me era un suplicio y la casa paterna un tormento insufrible, y cuanto había comunicado con él se me volvía sin él cruelísimo suplicio. Buscábanle por todas partes mis ojos y no parecía. Y llegue a odiar todas las cosas, porque no le tenían ni podían decirme ya como antes, cuanto venía después de una ausencia: He aquí que ya bien.”[4] La incomodidad que presentaba la ausencia del otro, a quien él sentía que pertenecía, se manifestaba en todo su alrededor, objetos cualquiera presentaban un hastío por pensar que el mundo terreno llenaba la vida humana, que en lo profano se podía conocer el amor y que ello podría decir verdad alguna, sobre lo que fuimos, somos y seremos.

El párrafo anterior nos abre la posibilidad de entender el amor profano, la unión de dos seres, como algo miserable en la vida de Agustín: “era yo tan miserable como lo es toda alma prisionera del amor de las cosas temporales, que se siente despedazar cuando las pierde, sintiendo entonces sus miseria, por la que es miserable aun antes de que las pierda.” El sentimiento, de Aurelio, manifestaba la miseria de la vida terrena, antes y después de haber amado a su amigo, por enfocarse en el placer sensitivo o, como más adelante nos dirá, por la costumbre. La miseria de Agustín fue el vacio mismo que le habían dado las cosas y personas físicas, rostro y lenguaje, discusiones y compañía eran de suma relevancia para caminar en su vida.

La muerte de su apreciado amigo ocurrió cuando la juventud de Aurelio florecía con mayor intensidad, pero la persona del mismo se sumergía, día a día, en la vejes de sus pensamientos y su fe. No obstante la muerte de Mónica, madre del mismo, sucedió cuando Agustín yacía en sus treinta y tres años de edad misma en la que su vida tomó un giro, pues, las ideas teológicas constituyeron el bautismo religioso del mismo.

En aquel momento crucial de su vida comenzó el cierne de la juventud de su alma, pues, para Agustín, en palabras de Abbagnano: “El hombre, en efecto, es, en primer lugar, un hombre viejo, el hombre exterior y carnal, que nace y crece, envejece y muere. Pero en segundo lugar, puede ser también hombre nuevo o espiritual, puede renacer espiritualmente y llegar a someter su alma a la ley divina. También este hombre nuevo tiene sus edades, que no se distingue por el correr del tiempo, sino por su progresivo acercamiento a Dios.”[5] Por ello nuestro autor estaba ya en el parte aguas de su vida. La vida carnal y desgastada por el tiempo dejo de ser. Ahora se encontraba con la vida espiritual. Conocer a Dios, conocerse a si mismo era el nuevo objetivo. La vida hedonista comenzó a esfumarse como un cuerpo en su lecho de muerte. Pero en es parte aguas de la vida se suscitó, al igual que en la anterior, la perdida de un ser querido, Mónica, que implico un sentimiento totalmente distinto, pues, fue objetivado hacia la sublimación de la vida, Dios.

Mónica “había sido de mujer de un solo varón, había cumplido con sus padres, había gobernado su casa piadosamente y tenia el testimonio de las buenas obras, había nutrido a sus hijos, pariéndoles tantas veces cuantas les veía apartarse” era la descripción general que Agustín nos presenta en las Confesiones. La gran mujer cristiana, el ejemplo a seguir de la vida femenina, el medio por el cual Dios pudo encaminar la verdadera vida de Agustín dejo la vida terrena para encontrarse con la gran luz de la vida y el amor.

El padecimiento de Agustín, por Mónica, pudo haber sido como el anterior a su amigo, pero éste tomó un camino distinto, pues, a través de las sagradas lecturas y algunas reflexiones de la madre sobre su vida permitieron comprender la muerte no como algo trágico sino como la mayor victoria que el humano puede tener, pues, el hombre consta de un alma y un cuerpo. “El alma es un principio material […] la inmaterialidad del alma y su sustancialidad le asegura la inmortalidad […] el alma participa de la vida, recibiendo su ser y su esencia de un principio que no admite contrario alguno, y que, como el ser que el alma recibe de ese principio es precisamente la vida, el alma no puede morir.” [6] De esta forma el alma es lo más puro que el hombre puede poseer, pues, es participante directo de la vida que es Dios, y como es completa no puede no ser, es decir, no es temporal, pues no posee materialidad alguna, y en ella no hay muerte; el alma anima, vivifica y conserva al cuerpo. Caso distinto es el cuerpo material y temporal, corruptible por principio, aparente, superficial y como tal tiene un límite de ser y es la muerte. Pero en la muerte del cuerpo el alma se desprende de todas las ataduras que el cuerpo le suscita. El cuerpo es para Agustín prisión del alma: “y así, pues, -nos dice Agustín- a los diecinueve días de su enfermedad, a los cincuenta y seis años de su edad y treinta y tres de la mía, fue libertada del cuerpo aquella alma religiosa y pía.”[7]

En aquel momento crucial el sentimiento por la perdida de dicho ser querido se hiso presente en su hijo Adeodato “la dar el ultimo suspiro, el niño Adeodato rompió a llorar a gritos; más reprimido por todos nosotros, calló […] por que juzgábamos que no era conveniente celebrar aquel entierro con quejas lastimeras y gemidos, con los cuales suele frecuentemente deplorar la miseria de los que mueren o su total extinción; y ella ni había muerto miserable ni había muerto del todo.” En la anterior sita podemos pensar claramente sobre la vida eterna del alma al ser participe directo de la vida. Pero qué había en el trasfondo de la muerte de Mónica en la tierra y que por ello su vida no fue miserable.

Mónica, a demás de haber sido una eminente mujer cristiana había ya considerado lo efímero de la vida, que Agustín no fácilmente miró, en una de sus ultimas conversaciones con su hijo, y algunos amigos, al preguntarle “si no temía dejar su cuerpo tan lejos de su ciudad, respondió: Nada hay lejos para Dios ni hay que temer que ignore al fin del mundo el lujar donde estoy para resucitarme.”[8] En las anteriores palabras Mónica revela, claramente, su miramiento inhóspito del mundo, lo superficial del mundo ante Dios.

El espacio y el tiempo son dimensiones que sólo un mundo y cuerpo limitado puede llegar a considerar. El espacio es un atributo impío que no merece la menor preocupación en la vida. Distancias, dimensiones, lugares y formas preocuparían a un hombre que no ha sabido vivir, pero Mónica consideró que su fin en la vida había concluido en la conversión de su hijo. “¿Qué hago yo aquí?” [9]era la pregunta que manifestaba ya su desprecio por esta vida y al mismo tiempo consideraba la muerte como un bien.

La vida que llevó Mónica había tenido un gran florecimiento al ser una mujer muy coherente que al percibir lo corruptible de su cuerpo no lo considero como algo terrible y angustiante sino como lo más positivo en la vida. La actitud, de Mónica, ante la muerte fue un tanto estoica al considerar la finitud de su vida y una objetivación de sí misma para Dios, en esto disipa totalmente del estoicismo, “bastante larga es la vida que se nos da y en ella se puede llevar a cabo grandes cosas, si todo en ella se empleara bien; pero si se disipa en el lujo y en la negligencia, si no se gasta en anda bueno, cuando por fin nos aprieta la ultima necesidad, nos damos cuenta de que se nos ha ido una vida que ni siquiera habíamos entendido.”[10] Esta actitud era la que compartía un poco el virtuosismo Mónica y su vida no estuvo desperdiciada en miseria terrena, sino en el amor a ella, a los demás y por tanto a Dios. La mujer llena de esperanza y de amor a Dios, influyo en Agustín por Dios, y es por ello que para Aurelio, en palabras de Fraile: “el objeto supremo de la ciencia es conocer y amar a Dios y al prójimo por amor de Dios. Para ello hay que desprender el alma del apego a todas la cosas de la tierra y elevarla a Dios, donde se halla su felicidad”[11] El desapego del mundo en Mónica estaba más que presente, era esencial en ella. La vida profana no era objetivo de Mónica sino la vida en Dios. Tanto que hasta la muerte era un bien, sin importarle en donde le podía acaecer. El lecho de su sepultura no le tomó importancia alguna, pues, en su agonía dijo “enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el alatar del señor doquiera que os hallareis”[12]

La excelsa vida de Mónica, como se pudo ver, fue indiscutible y es por ello que Agustín consideró inapropiado el sentimentalismo en su muerte, pues ni fue miserable, ni había dejado de existir. El sentimiento que le abrió, en algún momento, la muerte de su primer amigo y, principalmente, el de Mónica fue considerado como algo impío “¿Qué era lo que interior mente tanto me dolía sino la herida reciente que me había causado el romperse repentinamente aquella costumbre dulcísima y carísima de vivir juntos?”[13]Costumbre era sólo lo que provocaba el dolor por la muerte de un ser querido. Las lágrimas eran, para él, la expresión del placer físico de un compañero por considerar la carne y la tierra como el fin único de la vida.

Agustín había comprendido ya la parte corporal del hombre y por ello nos dice: “Estos sucesos humanos, que forzosamente han de suceder por el orden debido y por la naturaleza de nuestra condición, me dolía de mi dolor con nuevo dolor y me atormentaba con tristeza.”[14]El hombre en la tierra sólo es un momento que por naturaleza tiene que pasar, el alma era lo que importaba. No obstante la costumbre era lo que provocaba el dolor que Agustín, tarando de ser coherente, intentaba reprimir y tal represión generaba otro mayor.

He aquí que Aurelio empezó a sublimar a través del entendimiento el dolor trágico. La conexión que sintió Agustín con Dios fue el punto la segunda expresión su sublimación, pues, nos dice él “y sentía ganas de llorar en presencia tuya, por cusa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho bajo mi corazón; el cual descansó en ella, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de algún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.”[15]Esta descripción tan mística de su dolor merca el sentimiento sublimado de su pérdida. Esto ya no era como el primer sufrimiento de pérdida, era un en conexión directa con Dios, no era por un hastío a la mundo y a la falta de su ser amado, sino por una comprensión al mundo y la vida del hombre. El amor ya no era la el complemento del alma o sexo del otro; sino de el amor por el Amor, esto es, “Amar al amor significa, en primer lugar, amar; y no se pude amar sino al hombre. El amor fraterno, la caridad cristiana, condiciona la relación entre Dios y el hombre; y al mismo tiempo esta condicionada por ella.”[16] El amor ya no intervenía en este sufrimiento, como intervino en el sufrimiento con su amigo, sino era un amor a los hombres que son alma más que cuerpo. El consuelo que Agustín buscaba en Dios era por el significado de amor que había en hacia su madre como hacia los demás, pues, reconocía su humanidad y su fraternidad.

En última instancia, el dolor que Agustín sintió por Mónica fue sublimado, absolutamente, cuando después del consuelo de su corazón con Dios; a lo que Aurelio nos dice: “Más sanado ya mi corazón de aquella herida, en lo que podía reprocharse lo carnal del efecto, derramo en ti, Dios nuestro, otro genero de lágrimas muy distintas por aquella tu sirva: las que brotan del espíritu conmovido a vista de los peligros que rodean a toda alma que muere en Adán.”[17]Las expresiones de dolor carnal fueron elevadas a Dios y ahora surgieron las lágrimas del espíritu de Agustín, es decir, del amor hacia Mónica que es amor a Dios. Por Mónica es que intercedieron esas lágrimas tan puras ante Dios. Llanto no de dolor por el rompimiento por la costumbre, sino por la intercesión del alma de Mónica en Adán, el cuerpo. Esta expresión estuvo en directa participación con Dios, eh ahí lo más sublime, pues surgieron del espíritu, el alma, que participa directamente en la vida que es Dios, y no de Adán.


Opiniones personales.

La obra de san Agustín es muy bella, indudablemente, en su escrito, tema, problemática, objetivos, sucesos y hechos, pero es también una obra de época, siglo V D.C., medieval. No digo con ello que no tenga validez contemporánea para una lectura objetiva en el mundo de hoy día, pero hay muchas tesis que han sido replanteados por otros autores. Temas como el lenguaje, conocimiento, bien, hombre, mundo, alma, yo, Dios, han tomado un giro de trescientos sesenta grados en la actualidad. A parir de Descartes el mundo de Sofía no fue el mismo y san Agustín, junto con el Medievo, ya no fueron tan relevantes como en su época. Las tesis que ellos defendían ya no eran fidedignos parta el hombre de ciencia.

A lo largo de la historia han ido apareciendo mentes brillantes que han dado nuevas formas de vida para el hombre. El hombre natural o salvaje, peyorativamente nombrado, tomó su propia forma ante el mundo al que se enfrentaba día a día. El mítico replanteó la forma de vida anterior y tomó su propia forma de vida ante el mundo. El amante a al sabiduría planteó su consideración de vida ante el mundo, así como ante sus semejantes. El hombre hedonista tomó fuerza con otras opciones para la vida placentera y lujosa con el mundo terreno; fama, cuerpo, riquezas, conquista, apariencia, imperio, eran algunos de los principios que regían la vida. Posteriormente apareció la forma estoica con placer ante la vida del saber por el saber sin mirar el mundo en el que vivía, en donde se desarrollaba el conocimiento, el hombre alegado del mundo social y hedonista se plateó ante los vicios que el mundo había ya producido.

San Agustín, en el Medievo, planteó una nueva forma de vivir. La vida espiritual se antepuso a la terrena. El mundo había permitido la apertura de varias formas de vida y Agustín argumento el suyo colocándolo como la única vida objetiva en el mundo.

El desprecio por lo profano se acuño en él. El cuerpo se transformo como lo más corruptible en el hombre. La tierra era la prueba del límite de la materia, pues, lo que en ella crecía tenía que perecer. El tiempo desgastaba todo, era pasajero, dejaba de ser y era inseguro, esto es; el tiempo al ser presente, pasado y futuro tenia límites que el cuerpo, al estar inmerso en él, portaba por naturaleza. Y es por ello que para Agustín la vida profana era un instante ante la eternidad del alma en Dios.

El alma era lo más puro en el hombre y éste participaba, directamente, en Dios. El cuerpo aprisionaba al alma y la muerte era la mayor victoria en el hombre, pues, al liberarse dejaba de corromperse por el cuerpo y se quedaba en la forma más sublime que podía alcanzar. En el alma se reflejaba la imagen y semejanza de Dios, pero por intervención del cuerpo este tendía a ir por el lado más inseguro y corrupto.

Agustín presentó en las Confesiones su redención ante la vida efímera, pecaminosa, y corrupta. En la obra hay dos personalidades, muy distintas, que residieron en un sólo cuerpo, pero de manera continua en el tiempo, una seguida de la otra, que mostraron dos formas de vida, pura e impía. Cada una de ellas se formó con sus respectivas defensas filosóficas, y sólo la segunda tuvo una intervención teológica, la fe. Cada etapa señala una objetividad plena, defendida con razones precisas, una en contra de la otra. La primera, indiscutiblemente, es la preparación de la segunda, y por tanto consideramos que la segunda no podría haberse realizado sin el escalon primero. Sin embargo ambos estilos de vida se llevaron acabo de manera coherente, pues, en el tiempo en que Agustín consideró de mayor relevancia el cuerpo, éste se explotó a lo máximo. Sus fallas fueron precisas, pues ningún sistema seria preciso sin su propia negación. La vida espiritual fue considerada por Aurelio como la más plena, pero ésta estaba alejada de toda objetividad racional, pues, en ella intervenía un grado muy alto de misticismo teológico cristiano. La esperanza era lo único que mantenía en pie la futura vida espiritual. Revelaciones, milagros, creencias y fe era el fundamento de la eterna vida en el alma del hombre.

Esta inseguridad, que presentaban las doctrinas medievales, fue el resorte que impulsó a la edad moderna para desterrar la vida espiritual en el ejercicio de los hombres de saber. Con ello se abrió una gran crítica a la vida espiritual. ¿Qué objetivo tenia la vida si se enfocaba en la más grande incertidumbre del mundo? La vida espiritual perdía cualquier carácter objetivo. La promesa y esperanza de la vida eterna se volvió en la mayor burla del los posteriores siglos.

Ello no implica una descalificación del estilo de vida de Agustín, sino por el contrario, se presenta una mayor posibilidad de vida ante un mundo informativo que hoy día nos ha tocado vivir. La coherencia de vida que presentó Agustín en su vida y el ejemplo de Mónica son un tesoro que debemos guardar para replantear junto a los avances del mundo mercantil de hoy día.

Enfocarnos sólo en la vida espiritual sería absurdo, pero tomar unas partes de ella implicaría un avance mayor para los hombres del siglo XXI. Habría que rescatar un poco el desprecio por cosas profanas, de los cuales estamos invadidos por doquier, y enfocarnos más en la sublimación de la vida, de éste pequeño instante que nos ha brindado la naturaleza. Pensar y contemplar, el arte o la socialización del hombre, seria dedicarle un poco al mundo y a uno mismo. En estos tiempos ya no habría que llorar por la perdida de un ser querido, pero no por pensar en una vida eterna, sino por fijar el objeto que nos ha hecho vivir en este complejo mundo. La razón y el lenguaje ha sido lo único que nos ha permitido vivir en compañía, que nos ha hecho amar a los otros y nos ha unido más a la afirmación de la vida.

Los sentimientos que nos produce la perdida de un ser querido se ha trasformado en un lamento pasajero, un llanto de miseria y arrepentimiento, de perdón y suplica por remediar, hipócritamente, nuestros actos con los otros. El otro ha dejado de ser el hermano fraterno, la amistad ha sido consumida por el mercado, por el interés y la utilización del hombre. La familia ya no es el microcosmos que debería de ser ante la sociedad humana. En una palabra, las relaciones de los hombres se han quebrantado.

Tal vez esto nunca ha existido, pero siempre ha habido un intento por lograra una humanidad más coherente con sus doctrinas éticas, morales y filosóficas. El lenguaje a través de diversos discursos ha expresado el sentir del hombre que padece y grita ante un mundo de irracionalidades sumergidas en lo más profundo de las relaciones humanas.

Agustín fue uno de esos hombres que han hablado, en el espacio de sus textos, sobre la enfermedad epidémica en el hombre, que se expande como una plaga por toda la fas de la tierra. Aurelio mostro una opción para vivir en el mundo, pues aunque lo profano fue impuro jamás negó la vida terrena. Nunca negó el sufrimiento sólo lo enfoco en otra esfera de la psique humana para vivir bajo una adaptación con sus ideas. Para él la cura de la enfermedad del hombre, en su época, fue Dios ¿y para el siglo XXI cuál es?

Conclusión

Es indudable la sublimación del dolor que producen las tragedias humanas en Agustín. El enfoque que le da al dolor trágico en la primera parte es totalmente terreno. Es un sentir que día a día la gente vive, pero Agustín sólo lo mantuvo en un primer momento de su vida, pues, después transformo toda su vida y con ello sus emociones pasaron a ser efímeras o como él lo menciona “miserables”. Pero ello fue parte de una afirmación coherente con su respectiva creencia, pues el mundo terreno era impreciso, impuro ante la pureza de la vida misma, la luz, que es Dios.

Su texto nos lleva a una intranquilidad filosófica o para mayor precisión a un enfado filosófico, pues, el mundo de occidente esta empeñado en la razón y no en la creencia, que Agustín intenta trasmitir a través de la escritura de sus líneas.

La muerte de su primer amigo muestra aun Agustín enraizado en le mundo terrenal. El hombre que sufre, padece y vive sintiendo la angustia de la vida por la muerte es el verdadero hombre, pues, la vida no esta en otro lugar, más que en ésta, materia que se corrompe con el cuerpo. La temporalidad nos condiciona en le mundo y es sólo en esta vida en donde tenemos la posibilidad de realizarnos.

Pensar en otra vida es como soñar despiertos, es tener ojos y no ver, tener oídos y no escuchar la mente de nos abre más posibilidades en el cuerpo. Ignorar el cuerpo es ignorar la vida misma, pues, en qué otro lugar podría pensar el hombre sino es más que en este cuerpo. Dejar pasar la vida terrena es estar muerto, y sería como no tener alma.

Pensar en otra vida o pensar en una luz suprema es perder la única oportunidad que nos brinda este efímero mundo. Dedicar la vida al conocimiento por el conocimiento ante el otro es sublimar la vida en el mundo. Comprender el dolor propio y el dolor del otro es comprender el mundo y vivir en la mayor expresión del hombre. Reprimir el dolor que el cuerpo nos produce es un acto íntimo del hombre que jamás podrá negarse, y que Agustín mismo no pudo contener, y para no ser contradicho por su pensamiento opto por pensar o idear una sublimación de sus sentimientos ante un Dios que ha reinado por dos mil diez años en le mundo de occidente.


[1] Agustín. Confesiones (400). Traducción Ángel Custodio Vega. Madrid. Ed. B.A.C. 2002. P. 169

[2] Ibíd. p. 168

[3] Ibíd. p.169

[4] Ibíd. p.166

[5] Abbagnano, N. Historia de la filosofía. Vol. I (1959). Traducción Juan Estelrich. Barcelona. Ed. Hora. 2000 p. 281

[6] Copleston, F. Historia de la filosofía Vol. II de san Agustín a Escoto. México. Ed. Ariel. p. 85

[7] Agustín. Confesiones (400). Traducción Ángel Custodio Vega. Madrid. Ed. B.A.C. 2002. p. 375

[8] Ibíd. p. 375

[9] Ibíd. p. 375

[10] Seneca. Tratados morales. Traducción Méndez y Pelayo. México. Ed. Cumbre. 1982. P. 381

[11] Fraile, G. Historia de la filosofía. Vol. II. El cristianismo y la filosofía patrística. Primera escolástica. Madrid. Ed. B.A.C. p.208

[12] Agustín. Confesiones (400). Traducción Ángel Custodio Vega. Madrid. Ed. B.A.C. 2002. P. 374

[13] Ibíd. P. 376

[14] Ibíd. p. 377

[15] Ibíd. p. 379

[16] Abbagnano, N. Historia de la filosofía. Vol. I (1959). Traducción Juan Estelrich. Barcelona. Ed. Hora. 2000. P.280

[17] Agustín. Confesiones (400). Traducción Ángel Custodio Vega. Madrid. Ed. B.A.C. 2002. p. 379




Clase computación.



Iran Lomeli

Artista mexicana contemporánea
Nació el 5 de diciembre de 1972 en la perla tapatía.
A los 17 años de edad comenzó a pintar.

Su primera exposición causo polémica, pero le encanto al publico.

"Las femenores"
dedicada a la mujer femenina
quienes fueron catalogadas, en la época medieval por la iglesia, como fe menores, por ser
consideradas como "la débil carne".
chequenlo.
Lento, amargo animal.

Lento, amargo animal que soy, que he sido, amargo desde el nudo de polvo y agua y viento que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos que en las noches de exacta soledad —maldita y arruinada soledad sin uno mismo— trepan a la garganta y, costras de silencio, asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga prenatal, presubstancial, que dijo nuestra palabra, que anduvo nuestro camino, que murió nuestra muerte, y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro, desde lo que no soy, —mi piel como mi lengua— desde el primer viviente, anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos, remoto —nada hay detrás—, lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal que soy, que he sido.
De: Jaime Sabines


La finitud del hombre en el discurso económico clásico.

Autor: René Ramírez Flores.

Universidad Autónoma de Puebla (BUAP)

Correo electrónico:
ometeotl_itzca@hotmail.com


Introducción.
El discurso económico del siglo XVIII fundó el principio y base de la economía capitalista, el trabajo, a raíz del mismo sujeto, el hombre, que producía el movimiento económico. El intercambio de bienes ha sido una actividad arcaica que necesitó su justificación para poder subsistir ante las diversas formas de vida. Los discursos producidos por Adam Smith (1723-1790) sentaron las bases especulativas de la justificación de esta actividad. No obstante el escrito de David Ricardo (1772-1823) en Principios de economía política y tributación de 1817 plantó la base definitiva de la economía clásica y sobre todo de la economía capitalista, y mostró el aspecto cuantificable del trabajo como una mercancía intercambiable. Por ello es que hoy día a Ricardo se le atribuye la teoría clásica de la economía o mejor dicho la primera ciencia económica en la historia de la humanidad. No obstante dicha teoría llegó a producir algunas cuestiones que permitió realizar algunas reflexiones.
¿Qué hay detrás de la consideración del trabajo como mercancía? ¿Qué es lo que permitió a Ricardo hablara del trabajo como fuente del movimiento económico? Y más exactamente ¿Qué mecanismos impulsaron la teoría del trabajo humano como mercancía?
Las anteriores preguntas se responderán durante el desarrollo del presente escrito bajo la tesis de: el trabajo como fundamento de la economía clásica fue un factor que provoco el disciplinamiento del individuo y la regularización de las poblaciones para poder cumplir sus objetos de producción masiva. Para ello se tomarán aspectos de suma importancia en la teoría del valor trabajo de Ricardo considerada también como teoría clásica. El trasfondo de dicha teoría se extraerá del análisis que Michel Foucault (1926-1984) realizó en Las palabras y las cosas (1966) así como de otras obras del mismo autor en el que llegó ha hacer referencia al tema.
Finalmente se emitirá un juicio general, a modo de conclusión, de todas las implicaciones que surgieron durante el desarrollo del escrito.

La mujer mas bella del mundo


lunes, 28 de junio de 2010


Arte Sacro

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Altar mayor

Retablo

Primera calle

Segunda calle

Tercera calle

Parte superior

Altar mayor: Iglesia de Tepatlaxco de Hidalgo Puebla. Siglo XVII. Al centro sacristía, fondo altar mayor y un cristo suspendido en la parte superior del mismo.

Retablo: de madera talla, dos cuerpos y tres calles. Data del siglo XVII con modificaciones contemporáneas, probablemente S. XVIII-XIX. Combinaciones de barroco y clásico. Restaurado con hoja de oro en el 2005.

Primera calle: lado izquierdo del retablo parte inferior la virgen María de madera talla data del siglo XVIII. Desmadrado por un restaurador en el 2005.

En la el segundo cuerpo del mismo san José, S. XVIII y con el mismo destino.

Segunda Calle: parte inferior primer cuerpo San Sebastián. Siglo XVIII, madera talla, representa el rostro de un adolecente.

En el segundo cuerpo de la misma el Arcángel Miguel de madera talla Siglo XVIII.

Tercera Calle: parte inferior Santa Ana de madera talla, S. XVIII desmadrado por un restaurador en el 2005.

En segundo cuerpo de la misma calle san Joaquín de madera talla, S. XVIII y copn el mismo destino que las demás esculturas.

Parte Superior: Un cristo suspendido de madera talla, exorbitante expresión del dolor cristiano; data del siglo XVII.

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